23.6.18

 

Cosas que aprendí del cabestrillo:

  • Que soy extremadamente hábil con los pies.
  • Que mi mano izquierda no es tan débil ni torpe como pensaba.
  • Que el Malival es lo mejor, después del Midazolam+Propofol.
  • Que mis amigos siempre van a tener excusas o algo mejor que hacer. Pero está padre, porque así también sé que no es mi obligación tener que estar ahí. Ya me lo había advertido el psiquiatra: Déjalos. Que te valga verga, por mucho que eso contradiga mi naturaleza de tener que ayudar.
  • Que hay una cantidad enorme de gente a la que nunca se le va a salir ningún hueso de lugar, pero que a la vez hay muchas probabilidades de que sólo suceda en un mal movimiento.
  • Que la paciencia sí da resultados.

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En esta época del año siempre me deprimo.

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El año pasado no tuve tiempo porque me la pasé teniendo miedo. Miedo de que te murieras, miedo de que me dejaras, miedo de no tener dinero, miedo de la alarma sísmica, miedo de no ser suficiente, miedo de no estar preparada, miedo de dejar ir mis fobias. Pero de algún modo, te encargaste de hacerme ver que sí soy valiente. Valiente no es el que no tiene miedo, valiente es el que a pesar de tenerlo, actúa. No sabía que podía entrar en un modo de reserva de energía en el que aprendí a no dormir profundamente para brincar por si hacías ruido, o por si no, porque estás aquí o porque estás muy lejos, y luego no dormir en una semana, para terminar haciéndolo parada. Esto ha de ser de lo que la gente habla cuando se refieren al amor materno en el que nada da asco, frío, temor ni cansancio. También entendí eso del cuerpazo de nervios. En una semana adelgacé más que con cualquier tca que haya tenido.

No siento que me debas nada. Lo hice porque debía, porque pude, porque me tocaba, por amor.

 

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